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Patrimonio Cultural

Fiestas y tradiciones

Las Nabatas

Las nabatas

Fiesta protagonizada por la cultura del transporte fluvial de la madera en Aragón, actividad declarada Bien de Interés Cultural Inmaterial por el Gobierno de Aragón, por decreto 21/2013.

Además, el descenso de Nabatas en el río Cinca fue delcarada Actividad de Interés Turístico de Aragón por orden de 21 de junio de 2013, del Consejero de Economía y Empleo del Gobierno de Aragón.

Esta fiesta reúne todos los años a viejos nabateros y jóvenes de la Asociación de Nabateros que construyen nuevas nabatas y descienden sobre ellas por el río Cinca desde Laspuña-Escalona hasta Aínsa, el tercer domingo de mayo.




La cultura de la madera generó históricamente un patrimonio inmaterial referido a actividades, oficios, utensilios, herramientas y modos de vida comunes que se transmitían de generación en generación, en el seno de las comunidades en las que se realizaba la explotación, transporte y manufactura de la madera.

La comercialización de la madera para la fabricación de edificios, barcos, muebles y otros productos hizo necesario el desarrollo de un sistema de transporte desde los bosques hasta los centros comerciales y de producción.

Para ello en Sobrarbe, desde el siglo XVI, se utilizaron las vías fluviales que comunicaban todo el territorio y que discurrían, después, hacia el mediterráneo.


Entre diciembre y abril, los picadores cortaban los árboles, los derribaban y los limpiaban de ramas. Después, labraban su cuatro caras planas y los dejaban secar.

Con la ayuda de bueyes o mulos, los tiradores transportaban los troncos hasta la orilla de un arroyo donde los apilaban.

Cuando llegaba la primavera comenzaban a barranquiar o arrojar todos los troncos al agua y conducirlos sueltos por los ríos pequeños. Las ganchas, pértigas de madera en cuyo extremo se coloca un gancho de metal, eran utilizadas por los barranquiadores para empujar e impulsar los maderos en dirección a ríos de mayor tamaño.



Allí, aprovechando una playa fluvial, los nabateros trabajaban durante cinco o seis días para formar un nabata.

Para ello, situaban los troncos uno junto a otro, y los ataban entre sí mediante verdugos de sarga retorcidos.

De este modo, creaban nabatas de uno, dos o tres tramos. En el extremo frontal y en el posterior de cada nabata se colocaba uno o dos remos para dirigirla.

Los viajes solían realizarse en mayo, cuando los ríos bajaban mayor cantidad de agua principalmente por los mayencos o crecidas ocasionadas por el deshielo.



Habitualmente, partían varias nabatas a la vez en dirección al Mediterráneo. Si no surgía ningún imprevisto, en un día podían recorrer el tramo entre Laspuña-Escalona y Monzón, en una segunda jornada llegaban hasta Fraga, y el tercer día ya navegaban por el Ebro. Allí, la velocidad del trayecto se ralentizaba y tardaban cinco o seis días más en llegar a Tortosa.

Una vez finalizado el viaje, los nabateros vendían la madera en alguno de los numerosos almacenes y aserraderos de la ciudad y emprendían a pie la primera de las cinco jornadas que necesitarían para llegar a casa. Desde la puesta en marcha del tren, a finales del siglo XIX, el viaje de retorno se redujo a uno o dos días

En la década de 1920 la mayor parte de los valles pirenaicos estrenaron carreteras que permitían la circulación de camiones. El transporte fluvial de la madera desapareció en casi todos los ríos salvo en el Cinca, aunque la competencia de los camiones comenzaba ya a hacer mella en el oficio de los navateros.



Sin embargo, tras la guerra civil, la escasez de combustible y de vehículos dio un nuevo y último impulso a la actividad nabatera, que hasta mediados del siglo XX estuvo vigente en Sobrarbe.
En 1949 llegaron a Tortosa las últimas nabatas procedentes de Sobrarbe.

Tres décadas después, en 1983, viejos navateros de Puyarruego y Laspuña construyeron dos nabatas en Escalona, que descendieron hasta Aínsa.

En ese momento surgió la idea de conmemorar anualmente el recuerdo de un oficio que, durante más de cuatro siglos, formó parte de la cultura tradicional y las formas de vida de las personas que forjaron la herencia cultural que nos ha sido legada.



Desde entonces, cada tercer domingo de mayo, las nabatas vuelven a recorrer el tramo comprendido entre Escalona-Laspuña y Aínsa. Miles de personas se acercan hasta las riberas y los puentes del Cinca para disfrutar de esta celebración que nos habla de nuestros orígenes, de una forma diferente de relacionarse con el medio, de la cultura de unos hombres y mujeres que crearon un universo de representaciones, léxico, técnicas, rituales y relaciones entorno a la explotación forestal y el transporte de la madera. La actividad tradicional se convierte en fiesta, en agente cohesionador de la sociedad, en un momento de celebración, alegría y exaltación de lo colectivo, regenerador e ilusionante.




La cultura del transporte fluvial de la madera es exponente de los criterios de protección de la Convención para la Salvaguardia del Patrimonio Inmaterial de 2003 de la UNESCO, ratificada por España en 2006. Estos criterios tienen su continuidad en el Plan Nacional del Patrimonio Cultural Inmaterial de 2011 del Gobierno de España.

Recientemente, la cultura del transporte fluvial de la madera en Aragón ha sido declarado Bien de Interés Cultural Inmaterial según el DECRETO 21/2013, de 19 de febrero, del Gobierno de Aragón.

Además, se está trabajando en la candidatura para que este bien sea incluido en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO, junto a la cultura del transporte fluvial de otros territorios españoles.